La realidad de nuevo supera a la ficción.
El canguelo, sigilosamente, se manifiesta, se propaga, se extiende, cada minuto, cada hora, cada nuevo caso y zona.
¿A qué nos enfrentamos esta vez? Mi conciencia se remueve, retorcida ante el recuerdo de lo que fue el comienzo de la pandemia del COVID-19. Una sociedad desapercibida de lo que pudiera suponer un brote de una enfermedad vírica de la que se desconocía el antivirus; el impacto que una emergencia sanitaria pudiera acarrear en la población; la contagiosidad; una enfermedad de la que se aprendió padeciéndola, sufriendo el terrible precio de una considerada mortandad.
Si antaño descubrimos que la aparición del virus del COVID-19 fue el resultado del consumo humano de animales salvajes y al mercado de mariscos de Huanan, en Wuhan, China, donde se habrían vendido animales infectados a finales de 2019 que tuvieron relación previa con la recombinación genética entre virus de diferentes murciélagos, o entre murciélago y pangolín, esta vez, con esta nueva afección, el hantavirus, nos enfrentamos a un o una serie de tipos de virus transmitidos a los humanos por rata blanca (Rattus norvegicus) y por ratones silvestres de la familia de los Cricétidos (ratón de cola larga), causando una enfermedad aguda pulmonar o renal con mortalidad que llega al 50 por ciento de los afectados.
Tras explicar esto mi enfoque no pretende un alarmismo exacerbante. Más bien una prudente alerta que no baje la guardia en cuanto al avance informativo que nos vaya llegando de este tema respecta.
La que si se puede llamar cepa del hantavirus tenía registros, dataciones, desde épocas históricas precedentes en el siglo XX en la que se constaba ya la mencionada zoonosis o salto de animales a humanos.
Lo que diferencia o la novedad de estos tiempos convulsos de desestabilizaciones gubernamentales, crisis territoriales, sociales, religiosas, la guerra de Trump y su obcecamiento imperialista, etc., incluye el contagio y la transmisión fuera de sus zonas habituales, así como a través de medios de transporte con cierta celeridad: un crucero, en avión, en barco.
Lamentablemente, ya tenemos el primer caso en la península ibérica: una mujer de 32 años, que presenta síntomas leves compatibles con el virus, ingresa en una habitación con presión negativa en el Hospital de San Juan de Alicante, siguiendo los protocolos de seguridad epidemiológica.
La sospecha surge tras rastrear pasajeros de un vuelo compartido con una pasajera neerlandesa que murió por hantavirus tras viajar en el crucero MV Hondius, afectado por un brote.
Se trata de una cepa específica (Andes) relacionada con un brote en un crucero en el Atlántico Sur.
Aunque se investiga, las autoridades consideran el riesgo para la población general como "bajo" debido a que la transmisión persona a persona del hantavirus es rara.
Simplificando, cómo evolucione y se gestione esta crisis de salud no dependerá exclusivamente del transcurso del paso del tiempo. Habrá más factores implicados: la gestión política que haga cada país para prevenir lo mejormente posible la expansión de este virus; la localización de las personas que hayan coincidido o tenido contacto en los mismos medios de transporte de los contagiados que hayan fallecido y aún no se hallan encontrado, para su evaluación, diagnóstico y/o tratamiento; las medidas de prevención que la población adopte lo antes posible para evitar un potencial contagio entre personas, aunque, de momento, se incida en que su probabilidad es remota.
Información sobre el Hantavirus
La Infección por Hantavirus (IHV) se contrae al respirar aire contaminado con heces, orina o saliva de determinadas especies de ratones silvestres, a través del contacto directo con esos ratones o sus excretas o a través de mordeduras. Hantavirus spp. son muy vulnerables al aire libre y aún más a la luz del sol, expuesto a la cual sobrevive sólo dos horas. Por tanto, los lugares cerrados como bodegas, alacenas, galpones, cuevas, casas abandonadas y/o departamentos canecos tapadas, son los sitios más comunes de contagio.
No existe tratamiento efectivo o cura. El contagio zoonótico, o el contagio humano, puede ser mortal. Entre un 30% y un 40% de las personas contagiadas muere. Los medicamentos sólo pueden ayudar al cuerpo a que resista el virus.
La prevención del contagio se logra limpiando frecuentemente y asoleando las casas y bodegas; usando tapabocas cuando se deba ingresar, trabajar o manipular objetos en lugares cerrados u oscuros, destapar cajas o extraer elementos de ellas o de sitios donde han estado almacenados y lavando todo objeto que se adquiera o cuya procedencia se desconozca. La envoltura típica de los virus Hanta los hace sensibles a la mayoría de los desinfectantes domésticos comunes (Hipoclorito diluido, detergentes, etc.). Por lo que basta la aplicación de uno de estos productos para inactivarlos.
Tras esta amplia documentación derivada de Wikipedia, y tras haberme leído otra parte que omito por no ampliar el artículo en exceso, siempre atendiendo al academicismo de la Wiki, podemos colegir que, el virus Hanta, o los virus Hanta, no se conocían en Europa Occidental debido a su escasa repercusión en la misma desde que se originaron. Pero en países como China, Rusia y Corea; o, por otro lado, en América, por México, Brasil, Bolivia, Argentina, Paraguay, Chile y Perú, se los tiene datados desde principios del siglo XX.
Eso no ha obstado para que la fiebre hemorrágica con síndrome renal por virus Hanta cuyos casos hayan requerido hospitalización no los haya habido en Estados Unidos, México, o en Centroamérica; o en algunos países de Europa occidental, como Alemania, Francia, Bélgica y Holanda. Pero en esas naciones el número de casos, a lo largo de la historia, ha significado una nimiedad de entre la población general. Por ejemplo, en Estados Unidos ha habido 170 casos registrados desde 1933.
Así pues y con todo, como no sabemos de qué manera se irá desarrollando hogaño esta inesperada oleada, solo nos queda apercibirnos de energía, prevención, fuerzas renovadas, entusiasmo y de ese espíritu vivificador que, ante cualquier circunstancia, ha de acompañarnos para protegernos a nosotros mismos y a los nuestros.