Son las 8:30 de la mañana de un domingo, 2 de agosto, de apacible amanecer por estos lares por los que me encuentro.
Situación óptima para la escritura reflexiva, la demostrativa, la que se hace a pelo, desde el corazón, la reflexiva, la intuitiva, es decir, la que se construye sin una fuente determinada, es decir, aquélla a partir de la cual se edifica desde los recuerdos o potencia de la memoria y la experiencia y el afán creativo.
Esta ocasión dada, para este propósito particular, lo voy a centrar con un solo verbo como guía: pervivir. A partir del mismo, lo que me sugiera tal vocablo, lo que me sirva de herramienta de asociación, me ayudará al objetivo planteado.
Pervivir, en su acepción de la RAE, significa textualmente: seguir viviendo a pesar del tiempo o las dificultades. Esta singular expresión para mí siempre ha representado un símbolo al borde de la magia, de la taumaturgia misma.
Sinónimos como sobrevivir, subsistir, resistir, prevalecer, mantenerse, conservarse, perpetuarse, dan fe de la trascendencia que implica el proceso mismo.
Sí, me parece como magia, porque entre un continuo combate de azares, de contingencias, de desafíos, de conflictos, la misma supervivencia no pasa baladí. Es un reto diario.
Es cierto que los entornos en este planeta son muy distintos según qué zona. Aun así, el propio ser debe ser consciente de dónde se encuentra y en qué decisiones se enzarza. La sabiduría, el tiempo transcurrido, dan un apoyo trascendental a aquellos poseedores de la misma. Saber utilizarla es nuestra herramienta fundamental en el continuo trasiego existencial.
Igualmente, también me llama mucho la atención, la importancia del apoyo que nos demos los humanos entre nosotros. La solidaridad entre nosotros. El compartir, que, sí, en una sociedad occidentalizada tan hiper individualizada, tan hiper egocéntrica, no siempre ha perdido ese atisbo de conmiseración que, gracias mayormente, a las generaciones más vetustas, nos hacen recordar que ante las desgracias humanas colectivas y/o masivas, no viene nada mal un granito de arena a aportar en el mar de las calamidades palpitantes.
Ciertamente, en los últimos tiempos en los que nos encontramos, esto ha venido a acrecentarse a nivel global de forma alarmante, me refiero a las desgracias humanas masivas, y parece que, o ya no damos abasto a elegir entre unas u otras en las que cooperar, o ya es que, en definitiva, por las circunstancias mismas que acarrea el propio sobrevivir, pervivir, con sus elevadas cuotas de impuestos, nuestras propias penurias personales, nuestros imprevistos accidentales, nos acarrean suficiente sobrecarga ya de por sí para las exigencias voluntarias colaborativas ajenas.
Mas, aun así, gestos los habrá, y la ayuda desinteresada no desaparecerá. España es un buen ejemplo de ello. Contaremos con instituciones de toda la vida como la Iglesia, que en la actualidad no es lo que fue antaño respecto de esos aspectos de los que se la pudiera denostar. Muy concienciada con la ayuda misionera y la migración, aportan un gran gesto social. Y las ONG´S, que, entre otras funciones, hacen las mismas que las de la Iglesia, y también, luchan por ideales ambientales, por ejemplo, por políticos, también, o por cualesquiera otros.
Pervivir, al borde del abismo, en situaciones extremas. Me imagino los calvarios personales de tantas personas en tan diversos contextos. Los de los migrantes que se la juegan en pateras cruzando el mar. Los de las personas que han sufrido abusos, maltratos, y que, gracias a un chispazo del destino, han podido reemprender sus caminos. Los de las personas que han sufrido accidentes de tráfico, que se han salvado. Los de las personas que han sufrido un accidente laboral, e ídem de ídem, han podido contarlo. Los de las personas que han sufrido o sufren de algún tipo de trastorno mental, que los haya abocado en algún momento de sus vidas a alguna situación inadecuada o, incluso, puede que suicida, pero, que, agraciadamente, ya sea por unas razones u otras, hayan podido salvar sus vidas y reemprender, de la misma manera, sus procesos de recuperación existenciales. Y así, podría continuar en una lista que acapararía los más inhóspitos recovecos de nuestros desencuentros vitales.
Esos encontronazos vitales, nos hayan dejado más o menos secuelas, nos hacen recordar, diariamente, la fortuna de la vida. No obviarla es necesario. A veces, renegar de la vida misma, según el contexto, la persona, o la situación dada, se hace inevitable, pero no significa que, en general, no se agradezca la vida. Esa es más bien una emoción momentánea, que se pasa dado un tiempo.
Poco más que añadir a la palabra pervivir. La he exprimido con toda la fuerza que me ha permitido la ocasión y la mente. Un saludo, lectores de mi blog.
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